Los girasoles ciegos son avistados en una tertulia

El pasado 16 de abril tuvo lugar en nuestra biblioteca una tertulia literaria a propósito de Los girasoles ciegos, sobria y discreta fiesta de nuestra literatura que pide ser revisada por placer y necesidad cada cierto tiempo.
Destinada a alumnos de Bachillerato, dadas las fechas en las que estamos y –¿por qué no?– al adolescentis modus, tuvo una asistencia de unas sesenta personas, y me atrevo a decir que fue una de las más interesantes a las que he asistido en nuestro centro. No podía ser menos, pues esta obra maestra de Alberto Méndez remueve almas por su forma y por su contenido, que se centra en la guerra y las posteriores represalias que este diablo ensordecedor siempre acarrea.
Volviendo al feliz encuentro, decíamos que se reunieron allí miembros de segundo de Bachillerato –la mayor parte–, alumnos de primero y segundo de ESO, que interpretaron una breve adaptación teatral para el evento–, alguna familia interesada en el tema y personal de la biblioteca.
Y sí, vale que algunos se acercaron desde la idea PAUpsicopática de conseguir una ayudita en la nota de Lengua, pero, y esto es lo más importante, más de uno pareció darse cuenta de lo provechoso del encuentro. Porque se dijeron muchas cosas: se trajeron dolores antiguos que sucedieron de verdad, se relacionaron hechos históricos, porqués, alusiones, fechas; se unieron saberes de historia y literatura, de vida; esa que a veces parece tan alejada de lo se aprende en los libros, pero, que, a menudo, estos nos muestran en fotogramas sepia y no tan sepia. Momentos agrietados que es necesario recordar. Por eso es que muchas obras se destierran cuando se quiere adormecer al pueblo, para que olvide quién es y adónde va y qué no debe hacer para conseguir lo que busca, porque no todos los caminos hacen llegar al
destino buscado.
Felices lecturas

Posdata:

“Hendaya…” y mucho más desde la primera base dejaron atónitos y quizá curiosos a más de uno; ¡qué goleada, pibe, de maravillosas intervenciones sabias y frescas! Ay, bachilleres, cuánto se puede aprender de quien mantiene la ilusión. Cogella de nuevo, cual rosa encarnada.